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LA PIEDRA DEL MEDIODÍA

Nicolás.

Nicolás.

Campo arado, Vincent Van Gogh, 1.888.
http://www.artehistoria.jcyl.es/genios/cuadros/5777.htm


Llevaba días mirando al cielo, su mujer le decía que ya estaba en su nube, cuando Nicolás Martín decidió que no podía esperar más para alzar sus tierras y sembrar el centeno porque las tierras en barbecho necesitaban respirar unos días antes de la siembra.

-Esperanza, mañana vamos a la heredad de Los Ribazos, preparo la yunta, el carro y el arado y, como siempre, tú y los niños os venís conmigo.
-Pero, Nicolás, si no ha caído una gota de agua. ¡Eso no hay quién lo levante!
-¡Deja, deja, cuanto más tarde, peor, y en cayendo los Santos, nieva!

De buena mañana, enganchó la yunta, preparó el carro con el arado y Esperanza cogió el puchero para la comida. Había poco en el fondo de la olla de la cachuela: unas costillas y algo de lomo. El chiquitín con la teta y un poco de panatela y los otros dos comiendo lo que ellos, se apañaban. Con el pequeño a cuestas y los niños colgando de sus faldas, se pusieron en marcha.
Nicolás encendió una lumbre junto al peñasco, a resguardo del aire, dejó su capote donde Esperanza acurrucaba al niño, y preparó el arado. A pesar de que la reja estaba bien cuidada, tardó en romper los primeros terrones para empezar la labor, pero arrancó.

Era Nicolás tozudo, como buen castellano, aunque también tenía buena yunta: Clavellina y Morena se llamaban sus vacas. Anaranjada Clavellina, dulce con la mirada dócil, fácil de ordeñar un cuartillo de leche para la panatela del niño. Morena era un poco torvisca, tenía mal genio, pero todavía le encantaban los niños. Contaba Nicolás cómo, cuando la compró en la feria del Barco, llegó a casa con ella, quiso ponerla el campanillo de la Sevillana y no hubo manera. Daba cabezazos y patadas a diestro y siniestro y amenazaba con cocear a todos los hombres que se atrevían a intentarlo. En esto, llegó la niña de ocho años y, con gran susto de Esperanza, mientras comía Morena, Isabel la acarició el frontal, pasó la correa por el pescuezo de la vaca y apretó la hebilla. Morena ni se movió. A partir de entonces, la niña cogía la cola de la vaca y saltaba por encima de ella, jugando. Nicolás se sentía muy ufano de su niña, melosona y dulce que siempre la tenía tirando de sus perneras.

Y siguió arando y arando, con la reja y la yunta, aquella tierra dura, seca y pobre como si le fuera la vida en ello, sin apenas descanso, hasta que aró la media fanega mientras tarareaba bajito una canción muy vieja, heredada de sus padres, de cuando las fiestas. La labró, la alzó la levantó y la surcó para luego sembrarla, unos días después, como él sabía hacer, como había aprendido, como lo había hecho siempre, como si le fuera la vida en ello. Y es que le iba. Y es que le fue, a su tiempo.
Luego, sin apenas luz, se volvieron al pueblo.


Era Nicolás el mejor arado de la Sierra, el más dulce con su mujer, el mejor narrador de cuentos a sus hijos. Orgulloso de ser castellano, con su capote al aire y su mirada recta, fue siempre Nicolás un hombre libre y honrado: un castellano viejo y bueno.

Ana Roncero.

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2 comentarios

Hannah -

Me ha encantado este relato tan dulce, tierno, veraz y actual -¿Cuántos pueblos y campesinos hay todavía así? y ¿No es la situación actual de sequía tal y como la que se entreve en el relato?-, tan lleno de viejas y hermosas palabras... Un deleite para los ojos.
Gracias Ana.
Un abrazo entrañable.
Hannah

Dinosaurio -

Buen relato, Ana. Está lleno de palabras sonoras, algunas ya poco usadas.
Un beso.
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